-Por Gonzalo Ciparelli

El fin del verano deja asomar la entrada de la estación en la cual personalmente hablando me es de suma satisfacción por el simple hecho de iniciar una caminata al atardecer que aflora en mí los más placenteros pensamientos a medida que a su vez voy apreciando lo que a mi alrededor sucede.
El viento con ese balance ideal entre calmo y envolvente considero que es una caricia de afecto de una persona por la cual uno siente amor, por lo tanto, a raíz de esto, la cara toma una sensación de tranquilidad que es posible trasmitir. Las placas profesionales atornilladas a la pared de las viviendas a una altura considerable me hacen pensar en mis asignaturas pendientes en materia de estudio y en el hecho de saber de todo un poco, pero no el todo de algo, aunque esto último tan posible no es, ya que siempre estamos en constante aprendizaje; el saber no ocupa lugar alguno.
El ruido de los escapes de las motos hacen de televisión, donde por un instante me distraen, rompiendo con mi imaginación y profundidad, sin embargo, como al rescate, mi mente se centra en el sonido que se desprende de las hojas secas que voy pisando, y recobro lo antes mencionado.
El otoño en mi juventud me ha sido de gran ayuda para sanar alguna herida, o más bien, las caminatas en esta estación han permitido que sane.
¿A quién un atardecer de otoño no lo ha sacado, aunque sea por un instante, de una abrumación o preocupación, y lo ha invitado a apreciar este fenómeno natural? Si hasta los colores que destella el cielo se asemejan a los que ve el pintor cuando mira su paleta y le da lugar a la inspiración espontánea.
Y en esos momentos, mi pensamiento se traslada a un otoño puntual, en donde no me es preciso mencionar tiempo en cuanto a edad, pero creo que rondaba los 20 o 23 años cuando sin saber conocí el amor. Digo sin saber, porque a esa edad, uno está comenzando a conocerse a sí mismo, donde por momentos se encuentra y por otros se pierde, y las hormonas presentan tales alteraciones difícil de ocultárselas uno mismo, por lo que predomina quizás la búsqueda de placer confundiendo esto con amor.
Por algún motivo inconsciente, no me sentí merecedor de aquel amor, por lo que me alejé. Sin embargo, esa persona me estaba enseñando algo que no me iba a olvidar más, y más aún, algo que iba a estar siempre latente en mí.
Me enseñó a respetar los tiempos de cada uno. Nunca fui de prestar atención en clase, y a esto le adjudico mi incapacidad de comprender a tiempo lo que esa chica me enseñó, ya que tuve más relaciones, pero debo admitir que ninguna como esa, a veces por culpa mía otras por culpa de la otra persona; conflictivas, inseguras y con cierta desconfianza en ocasiones.
Considero no ser bueno para las despedidas, no he sabido poner en una balanza y realmente entender qué pesa más, si el quedarse sin perdonar, o el irse y perdonarse.
Algo me hacía volver a recordar esa relación a aquella edad que me ubico, haciendo esto merecedor de una sola cosa, esa relación me hizo conocer el amor que aún estaba en etapa de descubrir con curiosidad, pero también con cierto recelo. No la volví a ver, y lo que me causó extrañeza es que no la sufrí, y ahí comprendí algo tan verdadero como positivo, el amor no duele. Sí me visitó en más de una ocasión en un sueño o transitó mi mente en alguna acción diaria, y debo destacar que siempre seguía manteniendo la misma esencia que recuerdo, aquella que se asemeja a lo que hoy me produce un día en el campo, alejado de la ciudad e inmerso en lo natural. Daba paz y no era egoísta, la compartía conmigo con total desinterés, y ahí comprendí que el amor carece de precio y sin embargo es lo más valioso que alguien puede ofrecer.
El tiempo reloj fue más corto que el tiempo mental que necesité para realmente comprender que estaba frente al amor, ya que de haber coincidido ambos, no tengo dudas, hubiese sido el amor de mi vida.
Todos tenemos el tiempo marcado, llamémosle destino, que nos encuentra cara a cara en tiempo y lugar con una persona que nos hace entender tarde o temprano que el amor se puede construir de una forma sana y que dos personas están destinadas para moldear esa sanidad, ese complemento donde los dos se salvan recíprocamente, en esta vida que tiende a generarnos sensación de vacío por momentos y total plenitud en otros.
No sé cuánto tiempo de vida me queda, porque de hecho ningún mortal tiene esa trágica hora, pero sí sé que conocí el amor, y por momentos entiendo hoy en día que ciertas señales inconscientes me hacían comprender esporádicamente que esa persona deseaba enseñarme a amar.
Hoy, a mis 50 años, me recordaron que hace ya 5 me detectaron alzhéimer; no me es posible recordar todas las cosas y me es imposible por otro lado olvidarla; y ahí comprendí, que el verdadero amor no se olvida jamás.

Compartir en: