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PARROQUIA DE PORRES

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Caminos de Dios… mensaje del Pbro. Gustavo Sosa

Desde que el ser humano ha estado presente en este planeta, se ha hecho preguntas sobre el origen de la vida, la muerte, la trascendencia, las religiones y los libros sagrados. En el ámbito cristiano, han surgido muchas discusiones sobre la identidad de Jesús.
La profundidad de sus enseñanzas y el poder sobre las enfermedades y la muerte hacían que la gente se planteara muchas preguntas: ¿Quién es Él?, ¿de dónde le viene tal sabiduría ya que sabemos que es hijo de José, el carpintero, y María? Estas preguntas sobre la identidad de Jesús seguirán resonando hasta el final de los tiempos.
Hace pocas semanas, Editorial Planeta publicó un libro de un jesuita titulado “En el mar de la duda”. Este libro recoge las conversaciones públicas entre el autor y Richard Dawkins, reconocido científico inglés y ateo militante, en diciembre de 2017.
En este libro, el autor responde a las preguntas formuladas por los que asistieron a estas conversaciones y las desarrolla a lo largo de los capítulos del libro: ¿Es Dios una ilusión? La pregunta por Dios. La persona de Jesús. ¿De dónde venimos? Nuestros orígenes. ¿Qué autoridad tiene la Biblia? ¿Creación o evolución? El sentido de la vida.
¿Por qué hago relación a esta temática y a este libro, en particular? Porque la Palabra de Dios, este domingo propone, como reflexión, estos temas. El relato evangélico de hoy reproduce una conversación de Jesús con sus discípulos alrededor de una pregunta que, dos mil años después, sigue repitiéndose: “¿Qué dice la gente que soy yo?”.
Esta pregunta sobre la identidad del Maestro se la hicieron los que lo habían escuchado y siguió teniendo mucha fuerza en las discusiones en los cuatro primeros siglos de la historia de la Iglesia. En ellas, participaron grandes figuras, conocidas como los Padres de la Iglesia. Aunque llegaron a conclusiones definitivas sobre la identidad y misión de Jesús, las cuales conocemos como dogmas, muchos cristianos siguen reflexionando y haciendo preguntas sobre Jesucristo y su rol en la historia de salvación. Por eso, quiero invitarlos a leer con atención el relato evangélico de hoy. En él, Jesús formula una pregunta a sus discípulos: “¿Qué dice la gente que soy yo?”. Esta pregunta era obvia porque las palabras y milagros de Jesús eran motivo de conversación entre su gente.
La respuesta a esta pregunta tiene dos momentos. Primero: los discípulos toman los comentarios que habían escuchado: “Unos dicen que eres Juan Bautista, otros dicen que Elías y otros dicen que alguno de los profetas”. Estos comentarios populares eran la reacción natural ante la sabiduría que inspiraba las palabras de Jesús, su conocimiento de las Escrituras y su poder milagroso. En un segundo momento, la conversación da un giro mucho más personal: “Y ustedes, ¿qué dicen que soy yo?”. Inmediatamente, Pedro tomó la palabra y dijo: “Tú eres el Mesías”.
Es importante recordar que, en el imaginario popular de Israel, la figura del Mesías estaba asociada al poder y la gloria de la edad de oro de la monarquía, con David y Salomón. Por eso, el comentario de Pedro tenía un acento triunfalista. Inmediatamente después de la res-puesta de Pedro, Jesús corrigió el relato y trazó los rasgos de los que sería su misión como Mesías: “Después empezó a enseñarles que el Hijo del hombre debía sufrir mucho, ser condenado en el sanedrín por los ancianos, los sumos sacerdotes y los escribas, padecer la muerte y resucitar a los tres días. Esto se lo decía claramente”.
Obviamente, esta visión del Mesías, no desde la perspectiva del poder sino desde el sufrimiento, fue rechazada por sus discípulos. Una vez más, Pedro fue el vocero de los sentimientos de sus compañeros: “Pedro lo llamó aparte y empezó a ponerle reparos. Jesús se volvió y delante de los demás discípulos, respondió así a Pedro: ¡Déjame seguir mi camino, Satanás, que tus ideas no son las de Dios sino las de los hombres!”.
¿Cuál fue la grave equivocación de Pedro? Quiso modificar el plan de salvación. Quiso una redención que no pasara por la cruz. Pretendió que Jesús no recorriera el camino que lo condujo al Calvario. La tentación de Pedro de querer un Jesús sin cruz sigue presente en nuestro tiempo. Hay muchas personas, sobre todo de iglesias evangelistas o de sectas, que se sienten identificadas con el Jesús líder, el Jesús contestatario de las estructuras sociales, el Jesús poeta, el Jesús milagroso. Pero rechazan al Jesús pascual, que pasó de la muerte a la vida, que entregó su vida por nosotros, fue crucificado, resucitado y constituido Señor del universo. No existe la Pascua sin cruz, y no existe la cruz sin resurrección. El error está en resaltar cualquiera de las dos cosas. Por eso son tan importantes las palabras de Jesús sobre el significado de su seguimiento: “Si alguien quiere venir conmigo, renuncie a sí mismo, cargue con su cruz y sígame”.
En esta eucaristía, pidamos la gracia de seguir a Jesucristo integralmente, sin interpretaciones cómodas de su mensaje. Sin retoques cosméticos. Y recemos por nuestra patria, en este domingo donde ejercemos nuestro derecho al voto, para que nuestra participación ciudadana contribuya a construir un futuro mejor, que nos merecemos todos los argentinos.

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