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Parroquia San Martín de Porres

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Domingo de Pascua

Meditación de Monseñor Víctor M. Fernández, Arzobispo de La Plata-
Evangelio según San Juan 14, 19-20

Contemplamos a Jesús feliz, desbordante, vestido de luz infinita, lleno de puro gozo. ¡Qué lindo es que en medio de mis angustias y miedos me pueda alegrar con mi amigo y redentor, porque él ha triunfado! Y si él vive, mis cansancios sirven para algo. Mi vida deja de ser un enigma oscuro, una fatalidad, un temor constante. Puedo mirar para adelante porque él está. Esa es mi única seguridad en esta vida que parece cada vez más caótica, como si todo estuviera a punto de derrumbarse. Él está. Por más hostil que parezca el mundo, siempre estamos nosotros dos, juntos, más allá de todo y en medio de todo.
Este día de la Pascua quiero pedirle que derrame su vida en la mía, que me llene de la intensidad de la resurrección. Porque nunca hay que declararse muerto. Él se empeña en sacar vida de todas nuestras muertes, es el enamorado de la vida que está siempre atento para derramarla siempre de nuevo y grita: “El que tenga sed, venga a mí y beba” (Jn 7, 37).
Pero con él están los hermanos que él me regala y puedo descubrir su luz de Resucitado en todo rostro humano, sobre todo en los feos, desagradables, heridos, despreciados, en los que “no existen” a los ojos del mundo. Jesús me transforma la mirada. Sólo hay un sepulcro vacío en el silencio de una mañana luminosa. Es un canto al triunfo de la vida, es un llamado a la esperanza. Ese sepulcro abierto grita que todo mal puede ser vencido, que hay un camino abierto, que el amor vence la muerte, que la luz es más potente que cualquier oscuridad. Necesitás orar para que esto se haga carne en tu ser. Necesitás que él haga con vos lo que hizo con los discípulos de Emaús, cansados, desalentados, quejosos, abatidos, resignados. Jesús les abrió los ojos y les devolvió toda la fuerza y la alegría. Porque sólo te convencés de su resurrección cuando tu vida se encuentra con la suya, cuando tu mirada se enfrenta con la suya, cuando tu capacidad de amar y ser amado se topa con el amor verdadero de Jesús.
Allí brilla la certeza de la fe. Y aunque estés tirado al borde del camino, volverás a escuchar al Resucitado que dice: “¡Levántate, amada mía y ven hermosa mía!» (Ct 2, 10).
¿Cuáles son tus soledades, tus abandonos, tus miedos, tus dudas, esos espacios tuyos que necesitan ser llenados con la potencia del Resucitado?
¿Quiénes están esperando que les lleves con tu presencia el amor de Cristo vivo que no abandona?
¿Cuánto tiempo más vas a esperar para postrarte en su presencia y decirle que lo necesitás, que ya no buscarás en el mundo lo que este mundo no te puede dar, que le vas a permitir que sea él tu poderoso salvador, tu vida, tu única esperanza?.

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