Press "Enter" to skip to content

Parroquia San Martín de Porres

Compartir artículo enShare on Facebook
Facebook
Tweet about this on Twitter
Twitter
Share on LinkedIn
Linkedin

Caminos de Dios…
-Por Pbro. Gustavo E. Sosa

Domingo III Pascua B – Evangelio de San Lucas 24,35-48.
¡Que cabeza dura que somos! Jesús resucitó, pero los discípulos no terminan de convencerse. Algunos lo han visto resucitado y varios lo anunciaron: María Magdalena, Pedro y el discípulo que lo acompañó al sepulcro, los dos discípulos de Emaús. Pero cuando Jesús se aparece en medio del grupo de los discípulos, todavía son incapaces de reconocer a Jesús resucitado. Más bien sospechan que se trate de una especie de fantasma, se espantan y tiemblan de miedo. Jesús les tiene paciencia, los tranquiliza con su palabra y los invita a tocarlo para que se convenzan y pierdan el temor. Entonces, viendo sus manos y sus pies, que aún conservan las llagas, el miedo se convierte en gozo y asombro.
Cuando el texto dice que no acababan de creer, está diciendo que les parecía hermoso, demasiado grande, demasiado consolador. La poca fe consiste en la incapacidad de reconocer todavía de qué maravillas es capaz nuestro Dios cuando cumple sus promesas. Pero para terminar de convencerlos de que era un ser de carne y hueso, aunque estuviera resucitado, Jesús como un pedazo de pescado. Está resucitado, pero no ha dejado de ser humano, sigue siendo el mismo que caminaba con ellos junto al lago de Galilea y el que compartía la mesa con ellos todos los días.
Finalmente, quiere mostrarles la armonía maravillosa del plan de Dios, porque las cosas no habían sucedido por casualidad, y les recuerda todo lo que él les había anunciado y lo que las Sagradas Escrituras habían anunciado. Pero el evangelio aclara que además de explicarles “les abrió la inteligencia para que pudieran comprender” (Lc 24,45). Solo cuando El actúa en nuestro interior florece la fe. Porque el Señor resucitado ahora puede actuar en el interior del ser humano.
Podrán darnos miles de argumentos, pero en realidad lo que nos convence a fondo de la resurrección del Señor, lo que nos cambia la vida, lo que nos envuelve y nos empuja, lo que nos alegra y nos sostiene, es el encuentro personal real con Jesús vivo. El milagro ocurre cuando nos dejamos tocar por él en nuestro corazón.
Nos convencemos de su resurrección cuando nuestra vida se encuentra con la suya, cuando nuestra mirada se enfrenta con la suya, cuando nuestra mirada se enfrenta con la suya, cuando nuestra capacidad de amar y ser amados se topa con su amor vivo, presente, invisiblemente real. Lo dijeron los discípulos de Emaús: “¿No ardía acaso nuestro corazón, mientras nos hablaba en el camino?” (Lc 24,32)
Si tenemos dudas o desconfianzas, lo mejor que podemos hacer es no esconderlas o disimularlas. Lo mejor será que se las mostremos a Jesús, que las conversemos con El. El sabrá cómo convencernos.
“Creo Señor, pero aumenta mi fe. Toca mi interior con tu luz para que te reconozca resucitado en medio de mi vida y en mi comunidad”.

Compartir artículo enShare on Facebook
Facebook
Tweet about this on Twitter
Twitter
Share on LinkedIn
Linkedin