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Parroquia San Martín de Porres

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Caminos de Dios…
-Por Pbro. Gustavo E. Sosa

Ascensión del Señor Pascua. Ayer celebramos con toda la Iglesia, el cierre de este tiempo de presencia de Cristo Resucitado entre nosotros. El Señor ha acompañado el caminar desconcertado de los apóstoles que les cuesta entender que el Señor haya resucitado y esté vivo. Y más sorpresivo será cuando, después de darles las últimas instrucciones, se elevado al Cielo para reinar junto al Padre Celestial, no sin antes dejarnos la promesa de que el Espíritu Santo vendrá sobre toda la Iglesia. Y este momento solemne que presenciamos entre el Señor Resucitado y sus discípulos, está marcado por indicaciones bien claras de lo que debe ser la vida de la Iglesia. Podríamos decir que Jesús nos deja la última voluntad de su testamento.
El testamento es un documento en el que una persona determina la forma como quiere que se repartan sus pertenencias entre sus herederos. Generalmente, se trata de bienes muebles e inmuebles. Pero no siempre es así. A veces los testamentos incluyen otra clase de herencias que la persona quiere legar a sus sucesores. Y aquí quiero tomar el ejemplo que da un gran amigo mío, escritor colombiano y jesuita, para entender de qué estamos hablando.
Hace un tiempo había una propaganda de televisión de alguna compañía de seguros que presentaba a un juez que leía el testamento de un hombre muy rico que había fallecido. En medio de la formalidad del acto, estaban presentes los hijos e hijas del difunto y, junto a ellos, los nietos, nietas, sobrinos, sobrinas y otros familiares cercanos. Todos expectantes y esperanzados en que pudieran tener algún grado de participación en la inmensa torta que estaba a punto de ser distribuida.
El juez, mirando a los herederos por encima de las gafas, comenzó la lectura del testamento: “En uso de mis facultades mentales y cumpliendo con los requisitos que pide la ley, procedo a determinar mi voluntad sobre el destino de mis posesiones. En primer lugar, quiero que las tierras de la Estancia Herradura, incluyendo la casa, el ganado y todos los bienes que hay en ella, se destinen a la comunidad de hermanas de La Misericordia, que tienen el hogar de ancianos en mi pueblo natal”. Inmediatamente, hubo un cuchicheo nervioso entre los presentes… Pero todavía había más, de modo que el juez continuó su lectura: “En segundo lugar, quiero que las casas que poseo y los departamentos que tengo sean destinados al hogar para niños huérfanos que funciona bajo la dirección de la parroquia de mi pueblo”. El alboroto esta vez fue más sonoro y la cara de sorpresa de los asistentes fue mayor… Y continuó la lectura del testamento: “En tercer lugar, quiero que todo el dinero que tengo en mis cuentas corrientes y de ahorros, junto con las acciones y certificados de depósito a término que están a mi nombre en distintos bancos y corporaciones, sea entregado a la Clínica del niño quemado, que dirigen las Hermanitas de los desamparados”. Esta vez la reacción de los familiares del difunto fue impresionante… Sin embargo, el silencio se apoderó de todos cuando el juez continuó su lectura pausada y firme: “Por último, a mis hijos e hijas, a mis nietos y nietas, a mis sobrinos y sobrinas, y a todos mis herederos directos o indirectos, les dejo una recomendación que, estoy seguro, los ayudará a salir de su precaria situación económica. Sólo les recomiendo una cosa: ¡Que trabajen!”. Y así terminó el solemne acto.
Jesús, al despedirse de sus discípulos antes de ser levantado al cielo para sentarse a la derecha de Dios, nos dejó su testamento, que no estaba constituido por bienes muebles e inmuebles, sino por una misión, que podemos expresar en las palabras del anciano del testamento: “trabajen”, “vayan por todo el mundo y anuncien a todos este mensaje de salvación”. La respuesta de sus seguidores fue inmediata: “Ellos salieron a anunciar el mensaje por todas partes; y el Señor los ayudaba, y confirmaba el mensaje acompañándolo con señales milagrosas”. Ayer, el mismo Señor nos sigue enviando cada día a cumplir esta misión y nos sigue acompañando en ella. Esa es su herencia más querida y ese es todavía hoy su testamento. Sólo así cumpliremos su última voluntad y nos podremos considerar, efectivamente, herederos de su reino, cristianos en serio.

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