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PARROQUIA SAN MARTÍN DE PORRES

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Caminos de Dios… Mensaje del Pbro. Gustavo E. Sosa

Marcos 4: 26-34 – Jesús fue un maestro para iniciar a sus oyentes en las realidades del Reino de Dios y su justicia, su gran estrategia pedagógica estuvo en las parábolas, con imágenes y ejemplos tomados de la vida real de sus gentes, netamente domésticas, provenían de la vida del hogar, de la cocina, de la pesca, del pastoreo, de las siembras y cosechas, la transmisión de esta sabiduría la hacía con extraordinaria sencillez.
-Una parábola es un arco que se eleva por el aire y cae justo en su objetivo, evadiendo obstáculos, concentrándose en su meta. Jesús marca un contraste notable con las complejas explicaciones que hacían los maestros de la ley sobre tradiciones religiosas del judaísmo, su didáctica era de una claridad incuestionable, parte muy importante de su lógica de preferencia con los sencillos y humildes.
-Las cosas de Dios son serias, sí, pero son para todos, a ellas no se accede por elucubraciones inaccesibles sino por la feliz simplicidad de la vida cotidiana.
Si el Evangelio es para ser vivido y para llenar de sentido la existencia de quienes se interesan en él, su lenguaje debe ser plenamente experiencial, capaz de mover mentes y corazones.
En el domingo, el texto del evangelio de Marcos plantea dos “monumentos” de esa pedagogía: La semilla que crece por sí sola y el grano de mostaza, los asimila a la capacidad de abundancia que tiene el Reino de Dios, surge en lo que a ojos humanos parece insignificante y poco a poco fecunda la vida, crece, satisface, llena, se transmite con entusiasmo, se traduce en resultados maravillosos de espiritualidad, humanismo, justicia, solidaridad.
La parábola de la semilla que crece por sí sola, ilustra la fuerza irresistible del Reino, cuya mejor manifestación se representa por las espigas maduras que se recogen en la cosecha después de la siembra: “La tierra por sí misma produce primero un tallo, luego una espiga, y al fin grano abundante en la espiga. Cuando el fruto está a punto, él aplica enseguida la hoz, porque ha llegado el tiempo de la cosecha”.

La parábola del grano de mostaza establece un contraste entre un comienzo aparentemente pobre e irrelevante y un final en el que la explosión de vida es sorprendente y maravillosa.
Una reflexión que nos surge sobre las dos imágenes es esta: El proceso de seguir el proyecto de Jesús, si bien es exigente, no tiene que convertirse en un aprendizaje de reglamentos y rituales, sino en una relación amorosa, donde se desarma toda complicación, hasta manifestarse en la novedad de un ser humano que cuenta con felicidad como es el amor de Dios, haciéndose fraterno.
Las parábolas de Jesús hablan, en el caso de hoy, desde la perspectiva de los arbustos que pueden crecer en nuestros jardines sin necesidad de derribar la casa o de secar a las otras plantas, como sí sucedería si se tratara de árboles grandes. La primera parábola habla de la fuerza interna de la semilla, que opera sin que el agricultor lo note, es el dinamismo propio del Reino que gradualmente asoma en nosotros hasta convertirse en proyecto de vida. Si la semilla encuentra terreno propicio, florecerá. El campesino –¡nosotros!– aportará lo mejor preparando el terreno para que la semilla germine y se haga fuerte.
Al terminar esta eucaristía, dejemos que esta imagen de la semilla inspire nuestra oración.
-Es un potente símbolo que nos habla de la acción del Espíritu en nuestro interior, nos abre a su gracia, nos motiva a reflexionar sobre las condiciones que hay que favorecer para que germine.

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