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PARROQUIA SAN MARTÍN DE PORRES

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Caminos de Dios…, mensaje del Pbro. Gustavo E. Sosa

Marcos 4: 35-40. Compartimos y escuchamos el relato del evangelista Marcos sobre la tempestad calmada. Fue el mismo texto que inspiró al papa Francisco en aquella impactante homilía del 27 de marzo de 2020, al comienzo de la pandemia. Esa escena nos acompañará por muchos años: Una tarde lluviosa, la inmensa Plaza de San Pedro vacía y un pequeño estrado donde se destacaba la figura solitaria del papa, una imagen de la Virgen y un Crucifijo. Millones de televidentes del mundo entero pudimos seguir esta sobria ceremonia que nos conmovió hasta las lágrimas.
Repasemos las palabras del papa en esta histórica oración: “Al atardecer (Mc. 4,35). Así comienza el Evangelio que hemos escuchado. Desde hace algunas semanas parece que todo se ha oscurecido. Densas tinieblas han cubierto nuestras plazas, calles y ciudades; se fueron adueñando de nuestras vidas llenando todo de un silencio que ensordece y un vacío desolador que paraliza todo a su paso: Se palpa en el aire, se siente en los gestos, lo dicen las miradas…”.
Estas conmovedoras palabras las pronunció el papa Francisco hace quince meses. En Argentina, el número de muertos se acerca a los 100.000. Y aunque el ritmo de vacunación ha ido creciendo, todavía estamos muy lejos de haber superado esta pesadilla. Los hospitales y las clínicas están desbordados y el personal de salud, agotado.
Teniendo como telón de fondo el mismo pasaje del evangelista Marcos que nos presenta la Palabra de Dios este domingo, repasemos las palabras de Francisco. En ellas destacó el valor inmenso que adquiere la solidaridad: “Al igual que a los discípulos del Evangelio, nos sorprendió una tormenta inesperada y furiosa. Nos dimos cuenta de que estábamos en la misma barca, todos frágiles y desorientados; pero, al mismo tiempo, importantes y necesarios, todos llamados a remar juntos, todos necesitados de confortarnos mutuamente”.
Una de las grandes lecciones que nos deja esta pandemia es la importancia de la cooperación y el trabajo en equipo. Todos nos necesitamos. Ojalá que esta ética del cuidado, que hemos puesto en práctica durante estos tediosos meses de encierro, se convierta en un modo de vida que se exprese en todo lo que hagamos. Si todos remamos en la misma dirección; si todos nos cuidamos, saldremos adelante. Pero si regresan las agendas individualistas, particularmente en el mundo de la política, estaremos condenados a vivir otros cien años de pobreza y corrupción.
Esta pandemia también ha significado un fuerte llamado a la humildad. Hemos sido arrogantes con los avances de la ciencia. Pero llegó este enemigo invisible y puso en jaque a la humanidad. Lo dijo el papa Francisco en su homilía: “La tempestad desenmascara nuestra vulnerabilidad y deja al descubierto esas falsas y superfluas seguridades con las que habíamos construido nuestras agendas, nuestros proyectos, rutinas y prioridades. Nos muestra cómo habíamos dejado dormido y abandonado lo que alimenta, sostiene y da fuerza a nuestra vida y a nuestra comunidad”.
Para muchos de nosotros, esta experiencia de tempestad ha significado un crecimiento en vida espiritual. Hemos encontrado en la eucaristía y en la oración, la fuerza para superar el estrés y el cansancio de pasar muchas horas frente a una pantalla de computadora en trabajo remoto. Hoy valoramos, como nunca lo habíamos hecho, las cosas simples de la vida, la cercanía de la familia y de los amigos.
A medida que vamos avanzando por el camino de la vacunación, tenemos el enorme desafío de curar las graves heridas que esta pandemia está dejando en la mente y en la afectividad de millones de personas; pensemos, por ejemplo, en los niños que no han podido asistir a la escuela y en los ancianos que han estado recluidos en soledad.
Las heridas causadas por la pobreza han significado un grave retroceso. Millones de argentinos que habían logrado cierto progreso, regresaron a la temida pobreza; la pandemia arrasó los logros obtenidos tras un duro trabajo. Y miles de jóvenes ven con desesperanza el futuro.
A lo largo de nuestra historia, los argentinos hemos mostrado una increíble capacidad de superación. Pensemos en la violencia política de décadas pasadas, el narcotráfico con su aterrador poder de destrucción, las muertes con ocasión de robos, las extorsiones, etc. Nuestra institucionalidad, en medio de todas sus graves fallas, ha logrado sobrevivir, pero tiene una debilidad generada por esa maldita grieta que no permite el encuentro y la fraternidad entre todos los que habitamos este bendito suelo.
Con la gracia de Dios, con un profundo sentido de la solidaridad y trabajando duro superaremos esta tempestad que nunca imaginamos. Es hora de ponernos a trabajar en serio, para que el grito de libertad de nuestros patriotas, que pronto celebraremos, no quede ahogado ni por la cobardía ni por el individualismo de nuestros dirigentes y de todo el pueblo argentino. Roguemos a Dios que nos cuida, y a la Madre de Luján que nos ayude con su intercesión.

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