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Pensarnos en el mundo digital implica asumirnos ciudadanos con derechos y responsabilidades

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En los últimos días hemos estado hablando sobre la huella digital que dejamos cada vez que navegamos, del gran volumen de datos que inconscientemente aportamos y cómo estos se almacenan generando lo que se conoce como Big Data. Pero también cómo estos datos pueden impactar en nuestras conductas y opiniones en función de quien accede a esa información y a cómo la utiliza para manipularnos. Dimos acabados ejemplos de esto y hoy desde La Voz buscaremos explicarles de qué manera podemos ser buenos ciudadanos digitales.
Decíamos que la información es poder, y quien la posee tiene la capacidad de utilizarlo. Pero también es cierto que internet ha democratizado mucho el acceso a estos datos y que cualquier persona puede aprender a manejarlos. Hace un par de años un compañero de trabajo llegó desesperado a la oficina ya que había perdido su celular y no sabía dónde. En ese momento le solicité su cuenta de mail de Google, ya que sabía que, por el modelo de celular, el cual usa sistema Android, necesariamente había creado una cuenta para poder utilizarlo. Con una computadora pudimos ingresar a su cuenta y ver el recorrido que había hecho ese día hasta el lugar donde se le había caído, sabíamos por las calles que había transitado, donde se había detenido y cuanto tiempo había permanecido en cada lugar. Ninguno en esa oficina trabaja en sistemas o informática, pero sabemos que Google registra por el GPS de nuestros dispositivos, sus recorridos con una alta precisión y que podemos acceder a todo el historial de información almacenado. La historia no terminó en forma feliz, mi compañero no recuperó el teléfono, quien lo encontró también sabía que con quitar la batería esta información deja de almacenarse.

HACIA UNA CIUDADANÍA DIGITAL RESPONSABLE

Muchas veces olvidamos que la ciudadanía es una moneda de doble cara. Hemos aprendido a lo largo de nuestra vida democrática que, como ciudadanos de un estado, contamos con un cúmulo de derechos y garantías por los cuales reclamamos y exigimos su plena implementación. Poder acceder a una buena salud, a una educación, a un sistema de justicia para resolver nuestros conflictos, el tener garantizado un techo o la seguridad de circular libremente, son principios resultantes de una noción de legitima racionalidad ante la ley.
El sociólogo alemán Max Weber, diferencia claramente entre poder y dominación, atribuyéndole al primer término la noción de uso de la fuerza, de la violencia y el sometimiento con el propósito de ejercer la voluntad de quien ejerce ese poder. Por su lado la dominación es un concepto que implica un reconocimiento de legitimidad a un mandato dado, es decir actuamos voluntariamente ante una directiva u orden porque estamos convencidos que la misma es impartida por una autoridad legitimada. Weber decía que hay tres formas de dominación, la tradicional (aquella que proviene de los usos y costumbres de la sociedad), la carismática (aquella que proviene del afecto o sentimiento que despierta el líder que nos conduce como sociedad) y finalmente la legal, es decir donde todos los ciudadanos sometemos nuestra voluntad a un ente abstracto, la ley, la cual es impartida por voluntad de todos los miembros de esa comunidad. Esta última razón es la que legitima el imperio de la ley sobre todo, en principio no podríamos desobedecer el mandato que nosotros mismos nos damos.
Pero decíamos que existe otro lado del concepto de ciudadanía y el de la responsabilidad, es decir para poder acceder a estos derechos y garantías debemos cumplir también con nuestras responsabilidades como miembros de una comunidad. Entre las mismas se encuentra el respeto a la ley, el ejercicio del voto, entre otras.

QUE TAN SEGUROS SON LOS DERECHOS Y GARANTIAS DE UN CIUDADANO DIGITAL

Se considera que una persona es un ciudadano digital desde el momento que comenzamos a usar Internet. Como ciudadanas y ciudadanos digitales podemos acceder a ciertos derechos que nos ofrece internet entre los que encontramos: buscar información, expresar nuestra opinión, comunicarnos con otras personas, realizar trámites, trabajar en línea, comprar y vender productos y servicios, buscar u ofrecer trabajo, participar en campañas y encuestas, jugar, consumir entretenimiento, conectar y operar nuestros dispositivos, entre otros.
Ahora bien como ya hemos expresados en otros artículos, cada vez que navegamos dejamos nuestra huella digital y con ella existe la posibilidad de evaluar nuestras preferencias como así también manipular nuestras opiniones. En este sentido existe una relación estrecha entre opinión pública, el Big Data y la dominación. El solo hecho de pensar que la opinión pública es un punto de referencia a la hora de pensar en el debate público y que la misma se ha volcado hoy a las nuevas herramientas digitales como lo son las redes sociales, automáticamente nos permite asociarlo con el gran cúmulo de datos que generan las mismas y que de su análisis se pueden obtener nichos de oportunidades a la hora de instalar temas de forma eficiente y con un alto impacto comunicacional. De esta manera la opinión pública puede ser medida y por ende elaborarse estrategias con el propósito de dominar la agenda pública.
Si entendemos la dominación en términos de Max Weber, es decir en la probabilidad que los ciudadanos se sometan a un mandato bajo un paragua de legitimidad, podemos afirmar entonces que el crecimiento de la tecnología, acompañado por el Big Data, genera un número infinito de posibilidades de luchas por el control de la agenda pública, provocando influencias y manipulaciones en los individuos que, en definitiva, afectan la opinión pública. A raíz de esto ha prosperado una industria asociada de venta de seguidores y perfiles falsos, tendencias y fakes news que nos llevan a pensar cual es el grado de influencia que las mismas podrían provocar en la opinión pública.
Sin embargo, como podemos ver en el trabajo “La grieta es un algoritmo”, presentado por la investigadora del Conicet Paola Spalletti, pareciera que esta idea no tiene un gran impacto. Este trabajo estudió todas las interconexiones de las redes sociales, las fake news, perfiles falsos y verdaderos que opinaron y operaron durante la campaña presidencial del 2.015 que enfrentara a Macri y Scioli, demostrando que la denuncia que se había hecho en su momento tenía poco asidero. Los algoritmos de las redes sociales y buscadores de internet analizan a cada usuario con el propósito de satisfacer el momento en el que se encuentra navegando. Por esta razón difícilmente un usuario pueda acceder a información sugerida por fuera de las preferencias de estos, por lo cual no todos los usuarios reciben la misma información y difícilmente sean impactados por el alcance de alguna operación en las redes sociales que pueda alterar la opinión pública vigente. Es decir, existe un anticuerpo a la manipulación y está en nosotros mismos y nuestra responsabilidad en la navegación digital.

SOBRE LAS RESPONSABILIDADES DEL CIUDADANO DIGITAL

Ahora bien ¿qué podemos hacer para tener una buena ciudadanía digital? Ante todo una actitud responsable y crítica, ser consciente en analizar todo lo que leemos y vemos con una mirada que nos permita discernir el trigo de la paja. En este sentido para tener una buena convivencia digital entre ciudadanas y ciudadanos digitales, debemos asumir el otro lado de la moneda, el de la responsabilidad.
Actuar como un ciudadano responsable implica ser capaz de opinar realmente libre pero también de escuchar respetuosamente las opiniones de los demás. Implica cuidar nuestra privacidad y la de las otras personas. No compartir noticias falsas o sin chequear. Denunciar los actos de discriminación. Tener una actitud permanente de protección de nuestra identidad digital y hacernos responsables por nuestras acciones en Internet.
También contribuye a una ciudadanía digital responsable promover una cultura colaborativa, participar en comunidades y en temas que interesan en forma activa, informarnos sobre los derechos que tenemos en Internet y compartirlos para que más gente pueda acceder a esta información.
Pero sobre todo debemos dialogar con personas menores e informarlos para que conozcan las buenas prácticas necesarias para la convivencia digital. Esta debe ser nuestro mayor aporte ciudadano, formar en valores seguros a nuestro niños y jóvenes, quienes aún no han desarrollado criterios propios sólidos o son influenciables psicológicamente ante acosos cibernéticos.
En definitiva, así como en la vida cotidiana podemos reconocer a un buen ciudadano según como se desarrolla ante sus derechos, garantías y obligaciones; de la misma manera podemos reconocer a un buen ciudadano digital por la huella que deja.

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