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Periodistas: Una reflexión (auto) crítica

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Ayer se conmemoró en todo el país un nuevo Día del Periodista. La fecha llegó en el medio de un estado de crisis del campo de la actividad, que ya acumula varios años. Los desafíos de siempre y las prácticas que, por la salud del oficio, deben ser dejadas atrás.

-Por Agustín Ciotti

El periodista es un actor social que, como tal, es capaz de intervenir en la discusión pública desde su propio saber, que lejos está de ser absoluto, al igual que el de los demás actores. Hubo un tiempo en el que un sector del periodismo jugó un papel clave en la estrategia de legitimación del desembarco suicida a las Islas Malvinas, emprendido por la última dictadura militar.
Luego, con la derrota consumada -y en un intento por reivindicar su rol ante la sociedad- se produjo una redefinición del discurso dominante en la escena de los medios masivos, que paulatinamente colocó al periodista en el lugar de portavoz de las demandas de las audiencias frente a la clase política (Ver Vommaro y Baldoni; Bernardo y Mariano: las transformaciones del periodismo político en Argentina de los años ochenta a los años noventa, 2011).
De esta forma, según el artículo antes citado, cobró fuerza en la década siguiente la percepción de la figura del periodista como una especie de «fiscal de la moralidad de las acciones públicas». La materialización de este proceso, entonces, se concretaría en todo su esplendor en los años del menemismo.
Toda una generación creció bajo el paraguas de esta tendencia hegemónica. Consciente o inconscientemente, se fue naturalizando la creencia de que el rol del periodismo es comparable con el de un fiscal o un juez, aunque sin las facultades de llevar adelante una acusación en un procedimiento real, ni, mucho menos, dictar sentencia.
La función del periodista no es la del fiscal, pero tampoco es la del infectólogo, el entrenador de fútbol o el Presidente de la Nación. En ocasiones, el periodismo corre con la ventaja de que no debe rendir cuentas de sus evaluaciones sobre la inacción o la acción parcial de un gobernante. Y cuando tuvo que hacerlo -el caso más reciente, el del ex ministro Dujovne, que estuvo a años luz de plasmar en el plano de la acción política sus recomendaciones como columnista-, los resultados no siempre fueron satisfactorios.
El desafío, entonces, tiene que ser el de evitar la tentación de los juicios apresurados, emitidos desde la comodidad de quien no tiene responsabilidades de decisión. Para quienes ejercen el oficio en la frontera con el campo político, la tarea debe centrarse en narrar y exponer todo aquello que, en nombre de intereses incompatibles con el bien común, pretende ser ocultado. ¿Qué tiene que ver esto con enunciar los principios del deber ser? Nada.
Por lo demás, el periodismo tampoco cuenta entre sus deberes el de enseñar a los gobernantes cómo deben gobernar. Los periodistas no gobiernan, ni saben hacerlo. Tampoco gobiernan los infectólogos. El desborde de la función sólo contribuye a desprestigiar a un oficio que ya de por sí tiene razones de sobra para sentirse menospreciado.
El boom de dispositivos tecnológicos convergentes y la oportunidad que las redes sociales concedieron a todos los ciudadanos para expresarse públicamente, colaboraron para abrir el interrogante acerca de cuál es la razón de ser del periodismo en un mundo así configurado.
La respuesta que todavía favorece a los trabajadores de prensa subyace en la técnica, en un saber hacer que los distingue y les permite llegar hasta los rincones más profundos de la duda y la curiosidad, y abrir puertas que se creían inexistentes. Por esto, y a pesar de las adversidades propias de un campo que atraviesa un estado de crisis, el periodismo sigue siendo imprescindible.

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