-Por Gonzalo Ciparelli

No somos principalmente lo que florece de nuestros derrumbes y ruinas.
Sino que somos directamente nuestros derrumbes y ruinas, porque de no existir estos, no existiría lo primero mencionado. Claro está, el florecimiento proviene de aceptar, reconocer y aprender de nuestros derrumbes y ruinas, por lo tanto estos últimos son los que realmente le dan sentido a nuestro florecer.
Hablamos de florecer cuando aprendemos de aquel error que cometimos, o de aquella ilusión que hemos creado y superamos, o de aquellas promesas que hemos creído, por ingenuos, y que nos han afectado en algún punto. Hablamos de florecer luego de un duelo, de pasar por las etapas de negación, ira, negoción, depresión y aceptación que todo duelo, valga la redundancia, contiene. Hablamos de florecer luego de intentar e intentar sin notar cambios, hasta que, gracias a nuestra constancia y voluntad hemos conseguido aquello que anhelábamos.
Hablemos de florecer, hablemos de renacer. Hablemos de aquellos momentos que hemos pasado a lo largo de nuestra vida y que nos han causado cierta angustia, cierta tristeza, al solo vivirlos o resentirlos.
Luego de situarnos en el pasado, volvamos al presente y entendamos cuantas cosas hemos logrado a pesar de que creíamos que no lo haríamos.
Recordemos cuántas veces hemos sentido que no podíamos más, y sin embargo, al otro día abríamos los ojos y apagábamos la alarma para comenzar un nuevo día. Un nuevo deseo. Un nuevo sueño, dándonos así a nosotros mismos, una nueva oportunidad para saber lo que valemos. Dignidad. Aquella cualidad que poseemos por el simple hecho de ser seres humanos con racionalidad, libertad y derechos.

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