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Expresivas palabras escritas por Marcelo Urquiza
-Vivió con sus hermanos en el Hogar Mignaquy y reflexiona sobre ello; “fue de las mejores cosas que me pasó en la vida…”

Desde hace tiempo se viene usando una palabra muy rara: “pobrismo”. Es la reivindicación de la pobreza como algo virtuoso. Y, en contrapartida, se ataca a la riqueza como algo pecaminoso y se desprecia el mérito individual. Quiero contar una pequeña historia y quiero ser justo en las palabras que voy a usar.
Durante unos largos 9 años de mi infancia, viví en un hogar de monjas católicas en Bragado. En el Hogar Arnaldo Mignaquy. Los que son de Bragado o han conocido Bragado, saben a qué me refiero. Es una vieja construcción de principios del siglo XX que está emplazada en el centro de la ciudad.
Allí pasé una parte importante de mi vida junto a mis hermanos y a varios chicos más. Nosotros (mis hermanos y yo), teníamos la suerte de que nuestros padres nos dejaron allí para que pudiéramos ir a la escuela. Ellos trabajaban de tamberos en el campo y no podían mandarnos a la escuela. No juzgaré si aquella decisión fue la correcta o no. Pero todas las vacaciones, de verano e invierno, las pasábamos en el campo con ellos. Y mi madre hizo un gran sacrificio dejándonos allí. Una vez al mes nos visitaba en el Hogar, para nosotros ese día era de fiesta. Había chicos que tenían a sus padres a cuadras del Hogar y nunca pasaban ni por la puerta.
Lo cierto es que en el hogar las monjas nos recibieron con los brazos abiertos y nos dieron lo que tenían y algunas cosas más, y siempre valoraron que mi madre nos visitara.
Los chicos que vivían en el Hogar venían de hogares desestructurados y con problemas de todo tipo. Algunos, los menos, eran huérfanos; otros, como dije, tenían padres que por alguna razón no los querían. Ahora, debo ser honesto y contar que cuando vivía en el hogar yo no quería estar allí. Siempre me quería escapar, salir corriendo y no volver nunca más. No me gustaba la vida en ese castillo medieval en el que nos obligaban a rezar el rosario, nos obligaban a ir a misa los domingos a las siete de la mañana. Y nos obligaban a estar lejos de nuestros padres. No había nadie que nos contara un cuento de noche. No teníamos juguetes, los teníamos que inventar. Todo lo que poseíamos era de todos, nada era nuestro.
-Pero ya han pasado muchos años y hoy, con la perspectiva que dan los años y la reflexión construida con el tiempo, puedo decir que agradezco haber transitado por ese Hogar. Agradezco muchas palabras de esas monjas; muchos consejos que nos han dado y han sido una guía.
Las monjas, la madre superiora, Sor Clorinda, y la segunda al mando, Sor Ángela, eran italianas. Llegaron a la Argentina en los años 40 y habían vivido las guerras que ensangrentaron a Europa. Vivieron la miseria y la pobreza causadas por esas tragedias, pero llevaban en sus hombros 2000 años de historia. Ellas nos enseñaron que para salir de la pobreza había que estudiar. Nos enviaban a las escuelas de Bragado. En mi caso, al Colegio San José. Allí conocí a muchos chicos que pertenecían a las clases medias de Bragado. Ese contacto fue crucial. Porque sin querer descubrí que había otra vida, fuera del hogar y fuera de mi familia. Mi familia era pobre. Trabajan muchísimo en el campo. Se levantaban a las tres de la mañana con frío, calor, lluvia, o lo que fuere, para hacer el tambo.
Pero gracias a las monjas hemos podido aspirar a otra vida. Por supuesto, nada es gratis. En la vida hay que hacer sacrificios. El desapego con nuestra familia fue nuestro sacrificio. Sor Clorinda nos dijo una vez: “Yo los crío a ustedes, pero no quiero criar a sus hijos, a ellos, los van a criar ustedes”. En esta reflexión se encerraba todo su plan. Sacarnos de la pobreza. Y puedo decir que su plan funcionó. En mi caso sí. También en el de mis hermanos y en tantos otros. Algunos quedaron en el camino. Pero al final podemos decir que el único camino para salir de la pobreza fue el esfuerzo, el sacrificio, estudiar, trabajar y muchas lágrimas.
Hoy puedo dar las gracias de haber vivido entre esas paredes. Haber conocido a esas monjas italianas fue una de las mejores cosas que me pasó en la vida. Para terminar diré que no considero a la riqueza como algo pecaminoso, pero sí creo que la pobreza es una tragedia. Siempre he creído que el esfuerzo y el sacrificio son los padres del mérito; esa conducta que nos hace dignos de nuestros logros, de nuestras pequeñas riquezas.

Marcelo F. Urquiza (46 años)
DNI. 23240098.

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