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Punta Alta, una ciudad cruzada por bizarras historias de hospitales y cementerios

Ubicada en una de las regiones del país más pródigas en misterios, la localidad tiene leyendas urbanas que hielan la sangre.

Por Marcelo Metayer, de la Agencia DIB.

La región de la Bahía Blanca está cargada de misterios. Tanto la ciudad homónima como Punta Alta, Ingeniero White, Villarino y otras de la zona han sido escenarios de famosos casos de OVNI, como el del camionero Dionisio Llanca o los pilotos chilenos de la Vuelta a la América del Sur, además de historias de fantasmas y demás situaciones de alta extrañeza.
De todos los relatos que circulan por Punta Alta, hay tres que sirven como muestra de esa narrativa que oscila entre lo costumbrista y lo fantástico.
Muchos hospitales alrededor del mundo tienen fama de lugares sobrenaturales. En Argentina hay varios hospitales con esta reputación y uno de ellos es el Sanatorio Punta Alta. De acuerdo con una leyenda urbana recopilada por alumnos del Profesorado de Lengua y Literatura de la ciudad, tiempo atrás una familia esperaba visitas de familiares que residían en el norte del país. Cuando esta gente llegó, Ismael, el hijo menor, comenzó con síntomas de asma. Se pusieron a buscar un lugar donde asistirlo y llegaron a un enorme edificio de aspecto tenebroso: era el Sanatorio. La familia fue recibida por un médico, que recetó una mezcla de hierbas, en lugar de un remedio tradicional.
Cuando por fin llegaron a la casa de los puntaltenses les contaron el porqué de su retraso y los dueños de casa, asombrados, les dijeron que esa construcción permanecía abandonada desde hacía muchos años.
Todo había comenzado cuando una familia aborigen perdió a su hijo en batalla. Como debían escapar del hombre blanco le dieron sepultura rápidamente sin cumplir con los rituales de la tribu. El cuerpo quedó al resguardo de tres dioses que tomaron forma de árboles para que los “huincas” no los vieran. Desde aquel momento, nada pudo ser instalado allí porque la tierra solo aceptó estos tres árboles.
Un día llegó un gringo que se puso a construir un edificio enorme, que debió abandonar porque no consiguió muchos peones que quisieran trabajar en el lugar. Durante un tiempo solo quedó el esqueleto del edificio hasta que apareció un comprador que puso allí el Sanatorio.
Al principio todo funcionaba bien pero enseguida comenzaron a suceder cosas extrañas. Se oían lamentos y voces, se veían apariciones en habitaciones vacías y algunos decían que los atendía un médico que preparaba ungüentos mágicos con hierbas. Al tiempo el hospital debió ser clausurado.
El edificio volvió a abrir sus puertas recién este año, luego de un largo período de abandono. Pero muchos residentes todavía sienten un escalofrío cuando pasan por su entrada, en Urquiza y Colón.

EL CENTINELA FANTASMA
Otro relato que los puntaltenses cuentan en las noches junto al fuego tiene que ver con lo que ocurrió en Puerto Belgrano, en un puesto de vigilancia cercado al Cementerio Colina Doble.
Desde principios del siglo XX circulaba en la base la historia del Capitán sin Cabeza, un oficial al que el amante de su mujer asesinó cortándole el cuello. Mucho después, durante la última dictadura, un tal Manuel, conscripto correntino, se hallaba una noche de guardia en ese puesto que otorgaba un inigualable panorama del cementerio. En un momento el “colimba” corrió hacia la oficina del suboficial de turno para pedirle el relevo, ya que juraba haber visto al espíritu decapitado paseando entre las cruces blancas del cementerio.
El jefe no le creyó y lo volvió a enviar al puesto. Cuando volvieron a ver a Manuel estaba muerto, con la cara destrozada. “Suicidio”, dijo el parte de defunción. La noche siguiente, el conscripto que debió tomar la guardia en ese lugar volvió corriendo, mudo. El jefe decidió ir él mismo a ver qué pasaba.
Cuando el hombre subió al mangrullo, miró hacia el cementerio. No vio nada, pero comenzó a oír pasos en la escalera. Gritó “¿quién anda ahí?”. Y frente a él, alumbrado por la luz de la linterna, estaba Manuel, el conscripto muerto, sin medio rostro. Le dijo al suboficial: “Vengo a relevarlo de la guardia”.
El jefe huyó despavorido. Y las noches de bruma, si alguien pasa por la ruta 229 camino a Punta Alta, puede llegar a contemplar en el mangrullo frente al Cementerio Colina Doble a Manuel, oteando el horizonte.

FUERON TRES, VOLVIERON DOS
Un cementerio también es parte de otra de las más conocidas leyendas de la ciudad. Como en el caso del Centinela Fantasma, la historia se suele situar en los años ‘70. Los protagonistas de este relato disfrutaban de un asado junto a otros amigos una fría noche de julio en el antiguo barrio Göttling, en las afueras del ejido urbano.
Parece –según menta el especialista Fernando Quiroga- que en la charla, regada por bebidas alcohólicas de variado calibre, comenzaron a aparecer historias de fantasmas. Uno de los presentes aseguró haber visto en el cementerio almas de niños que flotaban por encima de la sección de tumbas infantiles.
Entonces, uno de los amigos propuso ir al cementerio para comprobar la veracidad, o no, de lo que se estaba contando allí. Cuando llegaron a la puerta trasera, uno de ellos propuso cruzar por el interior para retomar la calle del otro lado. Los otros dos se negaron espantados y él redobló la apuesta: les propuso una carrera, ellos por afuera bordeando las seis hectáreas y él por adentro.
Aceptaron. La última vez que vieron con vida a su amigo fue cuando trepó sobre el cerco.Porque cuando abordaron el descampado de la calle lateral, 25 de Mayo, doblaron hacia el ingreso y llegaron a Roca, esperaron. Pero el otro no llegaba. Pasaron varias horas hasta que decidieron entrar a buscarlo. Saltaron la valla y una pared y se internaron en las tinieblas de la madrugada.
Al rato encontraron el cuerpo de aquel amigo que quiso jugarles una carrera. Estaba inerte, de pie, con el cuello desgarrado y atravesado por una punta de hierro que pendía de una tumba antigua en la zona de los niños. Su rostro expresaba todo el horror de la Tierra, y según se dijo había muerto de miedo antes que de la herida.
Dicen que las ciudades no solo están hechas de piedras, hierro y cristal, sino que también están formadas por historias. Punta Alta, por supuesto, no podía escapar a esta realidad.

Fuente: (DIB) MM