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Qué dice la calle… Lunes 06 de Diciembre

La frase de hoy: “Las pulperías, dieron paso a los despachos de bebidas, hasta llegar a los clubes sociales…”.

A diferencia de los bares rurales de los Estados Unidos, más conocidos como Saloons, centro de la mitología y la cinematografía sobre el Lejano Oeste; su equivalente criollo, las pulperías, han sido relegadas por nuestra historia oficial a una especie de museo rural que evoca aquel sitio donde el gaucho “vago y mal entretenido” iba a embriagarse, a buscar pelea o a perder sus escasos pesos en la taba o en los juegos de naipes. (Datos aportados por el historiador Felipe Pigna, citas históricas que agradecemos)

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“Pero hay otra mirada posible sobre aquellos sitios adonde concurrían los sectores populares rurales. La pulpería era el único lugar de encuentro posible para el gaucho en la inmensidad y soledad de la pampa”, razonó Pigna.

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Allí, como señala algún poema gauchesco, la gente comprobaba que podía seguir hablando, después de días y a veces meses de no intercambiar palabras, ni nada con ningún ser humano. En algunas de ellas existían pistas de baile e incluso pequeños teatros rurales como el que aún hoy se puede visitar en la pulpería “el Torito” en Baradero.

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Estaba en el cruce del Camino Real que conducía al norte del país y era el sitio de cambio de posta de caballos y de descanso de los famosos chasquis, aquellos bravos jinetes que oficiaban de correos. Era común encontrar estos bares de campo junto a las canchas de cuadreras y hubo una en particular que tenía un caballito de adorno en referencia a su nombre y terminó bautizando al actual barrio porteño de Caballito.

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Una de las primeras pulperías instaladas en nuestro actual territorio fue inaugurada por Ana Díaz, una de las mujeres que acompañó a Juan de Garay en la segunda fundación de Buenos Aires, allá por 1580. Lo poco que se sabe de esta mujer es que se trataba de una viuda de la ciudad de Asunción, posiblemente nacida en el Paraguay, y llegada a Buenos Aires con la expedición fundadora. Su nombre está incluido entre los 232 beneficiarios del reparto de solares realizado por Garay. Su lote era el número 87 y ocupaba lo que hoy corresponde a la esquina sudoeste de Florida y Corrientes.

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Pero en aquellos días era tierra marginal, ubicada en los límites de la traza urbana. Doña Ana habría venido para acompañar a una hija y en la recién fundada aldea porteña se casó con un mestizo, uno de los tantos “mancebos de la tierra” que llegaron desde Asunción, llamado Juan Martín.

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Por el año 1810 existían en la provincia de Buenos Aires (que por entonces incluía a la capital) unas 500 pulperías. Casi la mitad eran atendidas por gallegos. Una de ellas perteneció a don Francisco Alem, abuelo de Leandro N. Alem, el fundador del partido radical.

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Las hubo rurales y urbanas y hasta algunas muy precarias, llamadas pulperías volantes, que se trasladaban siguiendo las cosechas. Las más sencillas sólo vendían aguardiente de caña, grapa, ginebra, vino, yerba, tabaco, sal, galletas y azúcar. El aguardiente era la bebida de mayor consumo y la costumbre era llenar un vaso grande y convidarle a los presentes pasándolo de mano en mano y no era bien visto rechazar el ofrecimiento. La mayor provisión de aguardiente llegaba de San Juan y Mendoza.

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El vino se vendía “suelto” y el que se tomaba en las pulperías era el Carlón, oriundo de Benicarló, provincia de Castellón, España. El vino era transportado en barriles de madera conducidos por carretas viñateras consignadas a mercaderes que realizaban la distribución a las pulperías. Algunos pulperos lo diluían en agua y lo llamaban Carlín o Carlete, y era vendido a menor precio. También llegaban vinos provenientes de Bordeaux, Francia, pero aquellos estaban destinados a las clases privilegiadas, al igual que el azúcar y las bebidas alcohólicas “finas”. La sal era utilizada básicamente para la conservación de las carnes en la elaboración del charqui.

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Otras pulperías fueron verdaderos almacenes de ramos generales con una importante provisión de alimentos, indumentaria e insumos para el campo. El pulpero solía tener el don de la yapa, el fiado, el trueque y el cuaderno de anotaciones. Pero abundaron también los patrones que les pagaban a sus empleados con vales que sólo podían canjearse en la pulpería de su estancia.
A la hora de incorporar soldados para la conquista o para la defensa de sus campos, los terratenientes concurrían a las pulperías para reclutar a la tropa y era el lugar indicado para que los punteros políticos consiguieran votos.

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En cuanto a la famosa “pulpera de Santa Lucía”, aquella rubia cuyos “ojos celestes reflejaban la gloria del día” que “cantaba como una calandria”, inmortalizada por el vals de Héctor Pedro Blomberg con música de Enrique Maciel a fines de la década de 1920, todo parece indicar que se llamaba Dionisia Miranda y que atendía un local ubicado en el barrio, llamado entonces parroquia de Santa Lucía en la actual esquina de Caseros y Martín García.

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La pulpera de Santa Lucía

Era rubia y sus ojos celestes
Reflejaban la gloria del día
Y cantaba como una calandria
La pulpera de Santa Lucía
Era flor de la vieja parroquia
Quien fue el gaucho que no la quería
Los soldados de cuatro cuarteles
Suspiraban en la pulpería
Le canto el payador masorquero
Con un dulce gemir de vigüelas
En la reja que olía a jazmines
En el patio que olía a diamelas
Con el alma te quiero pulpera
Y algún día tendrás que ser mía
Mientras llenan las noches del barrio
Las guitarras de Santa Lucía
La llevo un payador de Lavalle
Cuando el año 40 moría
Ya no alumbran sus ojos celestes
La parroquia de Santa Lucía
No volvieron los trompas de rosas
A cantarle vidalas y cielos
En la reja de la pulpería
Los jazmines lloraban de celos
Y volvió el payador masorquero
A cantar en el patio vacío
La doliente y postrer serenata
Que llevaba el viento del río
Donde están tus ojos celestes
Oh pulpera que no fuiste mía…
Como lloran por ti las guitarras,
Las guitarras de Santa Lucía…

Compositores: Enrique Maciel / Héctor Blomberg.

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