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Saludo al cielo…

-Los Stoessel, de Arroyo Corto a Nueva York -Una historia que merece ser leída)

Por Guillermo Blanco.

Un 6 de Mayo, pero de 1930, tras un viaje de 25 meses los Hermanos Adán y Andrés Stoessel con un Chevrolet cumplían el sueño de unir su pueblo Arroyo Corto, con Nueva York, acompañados por los técnicos mecánicos Ernesto Tontini y Carlos Díaz.
A las 8 de la mañana del 15 de abril de 1928 desde su pueblo Arroyo Corto (lugar geográficamente ubicado entre las ciudades de Pigué y Coronel Suárez, en la Pcia. de Bs. As.) los Stoessel con un flamante Chevrolet ’28 con volante a la izquierda (algo inusual para la época, se circulaba entonces por la izquierda y los autos tenían el volante a la derecha) iniciaban su aventura, poniendo marcha a Buenos Aires, de ahí a Rosario, paso por Córdoba, Santiago del Estero y Tucumán utilizando en buena parte caminos vecinales entre campos, ya que no existían carreteras, ni rutas; eran expedicionarios que se iban abriendo caminos con mapas y dotados de una brújula. A Salta, llegaron 15 días después, después de sortear el primer gran inconveniente, las lluvias anegaron la huellas y tuvieron que luchar casi 23 horas para zafar, habían sufrido su primer gran percance, con el inicio del mes Mayo partieron para Bolivia, intentándolo por la Quebrada de Humahuaca, pero no pudieron: un volcán entro en erupción y un aluvión de piedras no se lo permitió, el nuevo destino fue por la Quebrada del Toro, donde tenían entendido que los caminos eran excelentes, ya que los mantenía el Ferrocarril a Huaytiquina. Al pasar por las borateras de las Salinas Grandes de Jujuy no ven ni rastros de huellas, ni tampoco marcas de cubiertas de auto.

Saludo al cielo…

Intentan comunicarse con “Un indio” que se hallaba sentado en la puerta de un miserable rancho, pero no lograron, no tenía idea del hablar español, después de caminar un trecho intentando hallar alguna huella, logran el cometido, las huella de neumáticos sobre la tierra blanda, pero la alegría duro poco, el indio se había hecho sus ojotas con un trozo de cubierta de automóvil… pero la ventura no iba a terminar así, logran pasar a Bolivia, gracias a la brújula y los mapas de la época por Oruro, de ahí si por caminos mejor trazados, a La Paz. El cruce del Salar de Uyuni, fue nuevamente un nuevo periplo, cargado de enormes dificultades, debiendo nuevamente abrir su propia huella, lograron llegar al Cuzco, para el 28 de Agosto arribar a Lima, deciden hacer un alto de unos días, al desgaste físico lógica de la aventura, en este tramo habían pasado hambre, ya que los lugareños se negaban a venderles animales y su único alimentos eran a veces los huevos de animales silvestres y un animal que consiguieron de manera muy ortodoxa, ellos mismos contaban “No podíamos, naturalmente, dejarnos morir de hambre en medio de la montaña, y era por eso necesario que echáramos mano al revólver para exigir que nos vendiesen lo que pedíamos” además de sufrir una violenta tempestad de nieve casi los hace morir en plena montaña.
Reiniciado el viaje en Perú, en ese tramo tampoco la tuvieron fácil, en las sierras peruanas (como en otros sitios que también les pasó lo mismo) se les acabó la gasolina y debieron caminar varios días para procurarse combustible en bidones.
Por Huancacocha y Puquio deben abrirse camino a pico y pala, hasta tuvieron que construirse puentes y pircar precarias sendas de faldeo; necesitan más de 20 días para superar 36 leguas (180 kilómetros).
La cosa se ponía más difícil y los fondos estaban casi agotados, pero la providencia estuvo de su lado en Lima por esos días estaba de gira la compañía teatral y circense argentina de Segundo Pomar, empresario que organizó una función a beneficio de los Stoessel, los hermanos permanecen varias semanas, se enamoraron de varias hermosas limeñas y vivieron repetidos romances en varias ciudades y por eso perdieron (o quizás ganaron) mucho tiempo. A todo esto uno de su mecánico, que era el tercer tripulante Carlos Díaz decide quedarse trabajando en la ciudad de los virreyes por una excelente oferta laboral que recibió como jefe de un taller, mientras trabajan de lo que pueden para juntar fondos y proseguir en el camino a su meta.
En los desiertos de arena calzaban “neumáticos de supermedida, reforzados y con la mitad de la presión normal para no hundirse.”
Cerca de Trujillo se encuentran en medio de la nada con un grupo de personas alrededor de una roca escuchando a un músico, barbudo y desarrapado que tocaba guitarra y cantaba coplas. “Descendimos del coche para ver, pero de inmediato nos rodearon apuntándonos con las carabinas y pistolas que llevaban entre sus ropas y reclamándonos perentoriamente la entrega de todo cuanto llevábamos…y bajo la amenaza de media docena de bocas de fuego nos obligaron a despojarnos incluso de nuestras ropas, tal vez para evitarse la molestia de revisar los bolsillos, solo nos dejaron el auto porque ninguno de los facinerosos sabía manejar”.
Nada los iba hacer claudicar y siguieron camino, Ecuador y a Colombia también la sufrieron, teniendo que atravesar muchas peripecias, luego de cruzar la gran sábana de Venezuela, se topan con indios salvajes (como los que se veían en la película, contaban) que vivían de la recolección y la caza, pero no les fue tan mal y superaron el inconveniente, sin demasiadas peripecias, incluso logran entablar amistad y compartir comida.
Entre los numerosos contratiempos figura (y eso está documentado en la película-video) que al cruzar un río, se quedaron atascados, de noche, el agua creció y tapó el vehículo. Con paciencia desarmaron y secaron todo y lo rearmaron.
Por fin llegaron a suelo americano donde había caminos en buen estado, de ahí llegar a Nueva York fue un trámite, después de semejante aventura.
A su llegada a Detroit la GM les hizo un gran recibimiento, quedando su coche en el museo Chevrolet, donde aún permanece, les entregaron una unidad cero kilómetro y una recompensa en dinero.
Estimaron que habían gastado 6.000 galones de gasolina, lo cual parecería mucho ya que se estima que recorrieron 32.000 kilómetros, pero hay que considerar amén al excesivo un consumo de casi un litro x kilómetro, las peripecias sufridas como empantanadas y travesías de desiertos que en muchos casos se perdían y debían desandar el camino, calculan que destruyeron 43 neumáticos.

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