-Por Gonzalo Ciparelli

Una misma palabra, dos significados que se transmiten. Muchas relaciones interpersonales terminan en el silencio. Incluso en la misma muerte, el silencio aparece por siempre cuando ésta se hace presente en nosotros por el simple hecho de ser mortales.
La belleza del silencio aparece en la música, el suspiro es silencio y en él no hacemos más que encontrarnos plenos en el momento que estamos, o expulsamos el aire que nos sobra por alguien que nos falta, como lo menciona una frase.
Por otra parte, debido a entender mal que el silencio es incómodo, no sabemos escuchar los ruidos, nos acostumbramos a ellos, y no aprendemos tampoco a apreciar los sonidos.
El silencio nunca es incómodo, lo que es incómodo es la compañía con la cual se comparte dicho silencio, porque en realidad uno no está en silencio cuando está incómodo, sino que hay ruidos internos.
La diferencia entre ruido y sonido es la tolerancia que le tengamos, y también la belleza que nos genere. Por dicho motivo un sonido podemos sentirlo como un ruido y viceversa.
Uno no odia el sonar del despertador a las 6 am, sino que odia el ruido interno a lo cual está asociado el despertador que es el levantarse temprano para ir a trabajar. Ahora, si éste nos despierta para irnos de vacaciones o realizar algo que estamos esperando con ansias, el ruido se convierte en sonido.
Todo tiene su armonía si se la sabe profundizar, solo falta oír más y escuchar menos.
El escuchar es solo la capacidad que tenemos de que nuestro sistema auditivo funcione bien, el oír es apreciar eso que se escucha y poder analizarlo, estando física y mentalmente en el momento.
No busques a alguien que te escuche, busca a alguien que te oiga. En este último participa también la profundización y la atención.
Podemos escuchar sin entender, pero siempre que oigamos, entendemos y comprendemos, además también, claro, interpretamos.
En el silencio muchas veces no se escucha, pero si se puede oír, y este es el motivo por el cual el silencio es hermoso, porque nos invita a profundizar, solo debemos tener la voluntad de hacerlo, a nuestro tiempo, claro.
El silencio es hermoso hasta en la música, porque después de un silencio musical viene una remontada que nos hace sentir vivos y nos remueve internamente.
Podemos odiar un sonido que nos recuerda a un hecho puntual de nuestra infancia el cual fue un momento indeseado, angustioso, triste. Y a su vez, podemos amar un sonido que nos recuerde a dicha infancia pero a un momento feliz, dichoso, que nos movilizó. Los sentidos son los que participan activamente en la infancia. Gracias a ellos se crean los sentimientos y las emociones, que no sabemos reconocer en su momento por no tener la capacidad mental, claro está.
Luego, estos sentimientos y emociones los expresamos y canalizamos respectivamente logrando que todo tenga un sentido.
Primero vivimos, luego entendemos.
En muchas ocasiones, primero escuchamos, después oímos. En otras, sólo escuchamos y nunca oímos.
Aprendamos a oír más y a escuchar menos. En ambas dos participa el silencio, pero solo en una participa lo más fascinante; la profundización. Que dicho sea de paso, vale mucho la pena.

Compartir en: