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¡Violencia en la calle!

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-Por el Dr. Gustavo A. Benalal

Como sucedió con la violencia política de los años 70, el Estado Argentino, por acción y omisión, también lleva sobre sus espaldas la responsabilidad mayor sobre uno de los tema que obsesionan en estos días: la «ola» de muertes y golpizas emprendidas por vecinos contra ladrones que fuera de todo código mafioso no dudan en matar por el simple hecho de hacerlo.- Los ladrones son cada vez más jóvenes, hijos de la pobreza sobrealimentada por la cuarentena eterna y las victimas lo son de las autoridades – que con sustento en la concepción de Eugenio Zaffaroni y en la asesina represión estatal que tuvo lugar hace cuarenta años – han tenido un complejo o inhibición manifiesta para abordar los temas crecientes de la delincuencia común, que produce tantas víctimas que las que algunas organizaciones de derechos humanos atribuyen al terrorismo de Estado. Lo asumen como un asunto «de la derecha», como si el delito distinguiera en ideologías a la hora de atacar y matar – cuando en realidad es una pelea de pobres contra pobres y sus víctimas (jubilados, panadero, carniceros, repartidores o mandaderos, etc.) y por eso miran para otro lado o ningunean el tema, no lo tienen en la agenda.
Se lo considera como expresión de la guerra entre K y anti K, en la inútil discusión entre garantistas y defensores de la mano dura.
El Gobierno, mientras tanto, solo estigmatiza a ciertos sectores sociales a los que suele culpar de todas las desgracias nacionales al tiempo que exhibe artificios meramente verbales (ej. el ministro Berni o la ministra Frederick) de defensa de las clases más desposeídas. Al final cae en sus propias lógicas tramposas: según su razonamiento hay delitos por culpa del neoliberalismo que aumentó la cantidad de pobres (33%) pero a menos de un año de propia gestión oscilamos en 47% y cuando cese la cuarentena eterna y contemos.
Escandalosa mirada elitista: los pobres son ladrones porque no tienen salida; esa es la excusa.
Gran injusticia para la inmensa mayoría de los humildes que a pesar de todas sus carencias no se les ocurriría jamás tomar algo ajeno y, mucho menos, por medios violentos o matar.
Los que en estos años callaron frente a crímenes comunes aberrantes que no tuvieron mayor contención policial, jurídica y política, ahora se rasgan las vestiduras cuando el hartazgo social se vuelve agresor, se animaliza, nos devuelve a la ley de la selva, a la defensa propia ante la abdicación del Estado a sus deberes esenciales.
Si las autoridades nacionales hubiesen machacado con el mismo énfasis sobre el respeto a los derechos humanos del pasado en la defensa de los actuales, al menos habrían templado a las víctimas y a sus familiares al actuar en parte como disuasivo de algunas inconductas. Pero eso no sucedió. Hubo ausencia de palabra. O peor: justificativos gravísimos como el que su momento intento CFK («Cuando alguien siente que su vida no vale más de dos pesos para el resto de la sociedad, no le podemos reclamar que la vida de los demás valga para él más de dos pesos» – La Nación 31-03-2014). Léase: toda la sociedad vale dos pesos. Inquietante argumento, para no tildarlo de canallesco.
Por eso sugiero cambiar pues como enseñaba Lao Tsé: “Si no cambias la dirección, puedes terminar donde has comenzado”.

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