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Viviendo en la selva guaraní

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-Los viajes de Rocinante -Salto Cristal, Paraguay

Luego de un fugaz paso por Posadas cruzamos la aduana Paraguaya y la tierra Guaraní nos da su bienvenida, los números de los billetes pasan a ser de a miles y el mix de dialectos nos obliga a pedir una reiteración en cada pregunta o respuesta que recibimos. La Rocinante sale por primera vez del país, el primero de tantos en lo que será un largo viaje que recién comienza y que ahora continúa en dirección al Salto Cristal, una imponente cascada ubicada en el medio de la selva, una reserva natural administrada por sus propios pobladores, quienes con amor y dedicación, mantienen el lugar libre de contaminación y grandes intervenciones edilicias que le quiten la esencia única y asombrosa con la que cuenta.
A pesar de las maravillas naturales y la amabilidad de su gente, Paraguay suele ser un país olvidado por los viajeros que recorren América Latina, lo saltean de su camino o lo utilizan como un lugar de paso para conectar con sus fronteras. Nosotros recorremos maravillados la estrecha distancia entre pueblito y pueblito, vamos lento, admirando lo rústico de sus construcciones pintadas de colores que nunca elegiríamos para nuestros hogares, encontrando viviendas perdidas en medio de las extensas lomas verdes con vacas pastando cerca y alguna palmera todavía viva de lo que supo ser la vegetación natural de la zona.
Un cartel bastante precario nos indica el desvío hacia el Salto Cristal, salimos de la ruta y bajamos a una calle de tierra rojiza que nos sumerge campo adentro, cada 5 km nos vamos metiendo en unos asentamientos de no más de 10 casitas en donde cada levantar de mano, es respondido de manera amable por sus lugareños.

En la entrada a la reserva dos chicas de genuina simpatía nos cobran un permiso baratísimo para poder acampar con La Rocinante. Nos ubicamos bajo una inclinada arboleda y acomodamos la casita con ruedas para preparar el almuerzo y luego iniciar el recorrido al famoso Salto.
Un prado verde con la intermitencia de algunos arbolitos que sirven de alivio a la crudeza del sol, es la antesala al portón de selva que va directo a nuestro objetivo, el mismo se encuentra a una distancia importante, por ende nos preparamos con agua y calzado adecuado a la ocasión. Bajamos por unas escaleras hechas de rocas, raíces y tierra, de a poco empezamos a escuchar, similar a una lluvia torrencial; el recorrido del río que choca sus aguas contra las piedras para luego seguir su rumbo. Al llegar a él, somos invadidos por una brisa fresquita que nos acaricia el cuerpo luego de una tremenda exposición al calor extremo y los paredones de naturaleza que nos rodean, nos propicia una sombra invaluable que nos hace recuperar energías.
De repente, luego de caminar un trecho largo acompañando el curso del río, una especie de estruendo continuo nos da la bienvenida y como si fuera el inmenso telón de una obra de teatro, los estrechos paredones forrados de diferentes tonalidades verdes que nos rodean se abren, mostrándonos una obra perfecta e inmaculada que está ahí, quieta pero en continuo movimiento. Una majestuosa cascada de fondo negro, sus aguas caen rebotando sobre las piedras formando una olla inmensa y cristalina que es rodeada de paredes altísimas de piedra, árboles, más cascaditas y pájaros que revolotean. Uno se queda inmóvil, como no creyendo que eso es, sintiéndose pequeño, atinando solo a sentarse en silencio a la sombra para disfrutar la belleza de la creación. No hizo falta hablar, automáticamente supimos que íbamos a quedarnos más días de lo planeado. Lo bonito que tiene el andar sin fecha de regreso; es que nos permite el lujo de elegir nuestros patios de casa y este en particular, vale mucho la pena.
Mientras miraba ese eterno caer de agua desde la cima de la cascada pensaba en el paso de la vida, en nuestra existencia efímera y temporal. Ese pedazo de selva con miles de años de antigüedad enmarca un mundo inmenso definido en un solo espacio, en donde nos muestra que solo el tiempo y la naturaleza son los verdaderos dueños de la eternidad. Nosotros, sus espectadores pasajeros, por eso mismo; agradecí estar vivo y ahí.

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