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Accidentes de tránsito: un problema social

-Por Natalí Moraglio

Cada vez son más los choques que se producen en nuestra ciudad. No hay un día en que no escuchemos sobre nuevos accidentes. Ayer por la mañana, justamente, un auto embistió a una mujer que iba en bicicleta, quien terminó con su cabeza golpeando el parabrisas.
A veces no sólo alcanza con salir a la calle y tener todos los sentidos activos porque, más allá de un problema de tránsito, creo que se trata de un problema social. Hay algo de impunidad otorgado “al más grande” en donde, la mayoría de las personas creen que, por movilizarse en automóvil o camioneta, nada alrededor sucede.
Y es acá donde también se me presenta la necesidad de una reflexión, una opinión, una queja, o como quiera llamarse.
Y lo digo con total conocimiento porque me movilizo en bicicleta todos los días, desde la mañana hasta la noche. Y todos los días, realmente, me encuentro con alguna situación de desconsideración, de irresponsabilidad, de incoherencia, de impunidad e, incluso, de violencia.
Pude observar que: la mayoría de los conductores no miran para atrás al abrir la puerta (¡pareciera que sólo visualizan a otro auto. Bicicletas y motos…abstenerse!); se cruzan de carril sin previo aviso y a centímetros de quien viene detrás; doblan delante de uno sin siquiera poner el guiño. Y uno podría decir que puede ser la falta de atención, la distracción, reducción en la vista y otras tantas excusas o descuidos, pero hay algo que no entra en ninguna de esas justificaciones, y es que muchísimos autos estacionan en las subidas/bajadas de la vereda, que están ahí, justamente, para quienes nos movilizamos en bicicleta. Y uno puede pensar: “También pueden bajar por el cordón” pero, ¿Qué pasa con las personas con movilidad reducida? ¿Qué pasa con las personas en silla de rueda? En serio, la mayoría de la gente está comportándose de forma totalmente egoísta e individualista.
¿Por qué opino que es un problema social? Porque nadie lo hace queriendo, eso lo entiendo. La ansiedad está cada vez más presente en todos nosotros, el andar cada vez más a las apuradas, porque tenemos que hacer más cosas para poder cubrir las necesidades de este sistema que también nos trae una crisis económica. Todas las problemáticas coyunturales se retroalimentan, se vuelven un círculo que pareciera ir sólo para adentro, para el centro (de uno mismo). Pero hay cosas que no se justifican.
Hace unos días iba en bicicleta por el centro y, en una de las esquinas, mientras estoy cruzando, cambia el semáforo. El cambio de verde a rojo me encontró en la mitad de la calle y decidí seguir en vez de frenar y retroceder, porque eso iba a demorar más tiempo ante la ansiedad de los conductores que perciben 5 segundos de su vida como si fuera una eternidad. Acto seguido, un adulto mayor en un auto muy ostentoso me grita: “Está en verde, mogólica”. Lo seguí, como pude, para decirle que era un violento, que no había necesidad de reaccionar así. Claramente no lo alcancé y terminé llorando de impotencia.
Creo que debemos replantearnos, como sociedad, la significancia de los términos de otredad, empatía y consideración.
A veces creo que estos años de pandemia nos trajo unificación en los lazos colectivos, otras veces, cuando me desanimo por lo que observo y escucho alrededor, creo que lo que logró fue profundizar aún más el individualismo y el egoísmo.
Y, volviendo al problema social, me parece que sería pertinente no sólo organizar charlas informativas y educacionales sobre tránsito, sino también, charlas y capacitaciones que permitan darnos cuenta que el mundo es de todos, que las calles son de todos, y que funcionamos en conjunto. Que cuidar al otro también es cuidarnos a nosotros mismos y que todo va a suceder de forma más armónica, respetando los derechos de cada ciudadano. Nuestros derechos deberían funcionar sin limitar el de los otros.

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