Moderación-Por Gonzalo Ciparelli

Quisiera volver donde nunca estuve.
Y reencontrarme con aquellos que no conocí más que por sus escritos.
Desearía reescribir esas cartas que nunca escribí.
Volver a vestir esa vestimenta que nunca usé y sentarme en el balcón mientras aprecio la inmensidad de la noche por la ventana de mi habitación, a reescribir esa novela que nunca empecé.
Prefiero vivir plenamente un momento en mi imaginación, que volver a esos sitios donde no amé la vida. Se dice que estos últimos deben ser tomados como aprendizaje. Y si bien algo de cierto tiene, considero que en ocasiones, vivir mirando solo el optimismo cansa, porque la realidad está cargada de pesimismo.
El optimismo no es más que una autoayuda que todo ser humano utiliza sólo para distraerse un rato de la realidad. ¡Y está bien! El problema radica en que si un día la venda del optimismo se cae de nuestros ojos, no podremos adaptarnos jamás a vivir aceptando la cruda realidad.
Parecería certero compararlo con quién posee una máscara para mostrarse sonriente diariamente a los demás, mientras que por dentro su tristeza lo consume. Llegará el día en que no podrá fingir más. Y ese mismo día, deberá comenzar el verdadero trabajo de afrontar quien realmente es, para dejar de ser quien los demás querían que sea. Le deseo que no sea tarde.
Claramente es mejor vivir moderadamente entre el optimismo aceptando también al pesimismo, que forzarse a vivir extremadamente en constante optimismo.
La moderación permite el equilibrio. El extremo permite subir, pero toda subida tiene su inevitable bajada. Y el descenso además de ser veloz cada segundo, puede ser doloroso y… letal.

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