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Redes (anti)sociales

El proceso de socialización es el conjunto de aprendizajes que el ser humano necesita para relacionarse con autonomía, autorrealización y autorregulación dentro de una sociedad. En función de satisfacer las exigencias físicas y espirituales, el hombre necesita vivir en sociedad ya que la persona racional e individual no es autosuficiente y requiere de la ayuda y protección de los demás en su especie, formando lo que se conoce como comunidades.

Aristóteles (384.322, A. de C.) dijo “el ser humano es un ser social por naturaleza, y el insocial por naturaleza y no por azar o es mal humano o más que humano (…). La sociedad es por naturaleza anterior al individuo (…) el que puede vivir en sociedad, o no es miembro de la sociedad, sino una bestia o un dios”
Este artículo consta en una reflexión acerca del uso que le damos al celular y a las redes sociales, el objetivo es que al terminar de leerlo se fortalezca la conciencia de cómo utilizamos las redes sociales, del efecto que su uso puede estar teniendo en el cerebro, y lo importante que es que sea uno mismo quien tenga el control, y no hacer un uso impulsivo con el “piloto automático” puesto. Porque si no sos vos quienes tenéis el control, se lo vas a ceder a los demás.

Redes (anti)sociales

¿A quiénes?, ¿para qué?, ¿por qué?
De todos los que estén leyendo esto, tan sólo un pequeño porcentaje lo verá hasta el final. ¿Por qué pasa esto? Porque cada vez estamos menos acostumbrados a mantener la atención durante mucho tiempo en una sola cosa, y los celulares en conjunto con las redes sociales tienen bastante influencia en esto.
Como sociedad estamos constantemente bombardeados por gran cantidad de estímulos que reclaman nuestra atención, personas y empresas que quieren que les hagamos caso, que veamos sus anuncios, compremos sus productos y, sobre todo, captar nuestra atención. Con tanto bombardeo es normal que al final nos acabemos acostumbrando a ir dando saltos de una actividad a otra, o a hacer varias cosas al mismo tiempo.

¿Cuándo fue la última vez que miramos un programa en la televisión sin entrar a Facebook, Instagram, Twitter o WhatsApp?
Tiempo atrás “desconectábamos” durante la publicidad. Ahora, conectamos y desconectamos decenas de veces antes del siguiente corte publicitario. Y eso ocurre con la televisión, pero mucho más grave es cuando se intenta concentrar en la lectura de un libro, un artículo, en los estudios, trabajo o en una conversación cara a cara. La distracción es constante.
Hace poco se hizo un experimento para ver el costo, a nivel cognitivo, que supone simplemente tener el teléfono cerca en silencio, sin que haya forma posible de recibir una notificación, simplemente tenerlo cerca. Se seleccionó a un grupo de 800 personas a las que les pusieron a realizar algunas tareas para medir su capacidad cognitiva (memorizar letras aleatorias, pequeños problemas matemáticos, etc). Estas personas fueron divididas en tres grupos:
Mientras hacían la tarea unos tenían que poner el teléfono delante de ellos, boca abajo; otros, tenerlo en el bolsillo o en la mochila, y un tercer grupo tenía que dejarlo en otra habitación. En todos los casos los teléfonos tenían que estar con el sonido y vibración apagados para no soltar ninguna notificación.

¿Cuáles fueron los resultados?
Quienes mejores resultados sacaron en las pruebas fueron los que tenían el teléfono en otra habitación, seguido por los que lo tenían en el bolsillo, y en último lugar quedaron quienes lo tenían en la mesa.
Demostrando así que la mera presencia del teléfono está reclamando constantemente nuestra atención, aunque racionalmente se sepa que no va a sonar ni emitir señal alguna, y esto roba nuestra atención. Otra consecuencia es que se disminuye de manera progresiva la tolerancia al aburrimiento.
Llevar internet en el bolsillo es algo que ahora tenemos asumido, pero hace 10 años supuso una auténtica revolución, de tal calibre que científicos se cuestionan el hecho de que, como especie, no hemos sido capaces de estar a la altura de lo que esta herramienta nos podía proporcionar.
No sólo afecta nuestra atención y el modo en el que procesamos la información (“internet nos está haciendo más tontos”, que se dice coloquialmente), sino el modo en el que nos comportamos en el universo de las redes sociales.

¿Somos conscientes que, poco a poco, cada vez le damos menos valor a nuestra privacidad?
Estudios revelan que antes, hace años, la población se tornaba demasiada celosa acerca de sus preferencias y gustos… y sólo lo compartían con allegados y gente bastante cercana. Pero las redes sociales han modificado ese concepto que se tiene de la “amistad” y “cercanía”, al final la consecuencia es que se esté regalando nuestra información privada a empresas que se dedican, exclusivamente, a comerciar con esos datos, para venderlos al mejor postor. La distancia, en la red, entre lo público y lo privado se estrecha.

Un ejemplo:
Recientemente se implementó el término “sharenting” (surge de la unión entre share: compartir y parenting: crianza) para describir la conducta de padres que comparten sin censura información y fotos de sus hijos e hijas por redes sociales, sin pensar en las consecuencias inmediatas o futuras que puede tener. En la mayoría de casos son datos e imágenes sin ninguna carga negativa para los jóvenes, más que el exceso en la frecuencia en la que se comparte. Pero otras veces se comparten imágenes o anécdotas que pueden resultar humillantes para el menor.
En otros casos, se comparte tanto que puede llegar a ser peligroso: fotos en la que los menores aparecen con el uniforme de su colegio, en la puerta del mismo, en las que se cuenta los hábitos de esa familia de tal modo que cualquier desconocido puede tener a su alcance una información quizá demasiado privada.

¿Y cómo sociedad por qué hacemos esto?
A veces, simplemente, por vanidad. Para ganar likes en las redes sociales. Y es una lástima. Porque luego querremos enseñarles lo importante que es hacer un uso responsable de las redes sociales y… ¿Con qué legitimidad, si toda su infancia se compartió su intimidad sin su consentimiento?

¿Y qué hacemos?
Lo más importante es reflexionar acerca de todo esto y retomar el control. Pensarlo dos veces antes de compartir nuestra vida, reflexionar acerca de los motivos que nos llevan a hacerlo y si puede tener alguna consecuencia. No es malo poner una foto de nuestras vacaciones en la playa, pero de ahí a hacer de nuestra vida totalmente pública hay mucha distancia.

¿Y en cuanto a las distracciones?
Si quieres que el celular te controle menos, se recomienda dejar de llevarlo en el bolsillo y, al menos, llévalo en la mochila o cartera; deja sólo en la pantalla de inicio las aplicaciones realmente necesarias, y mover las que quieres usar menos a las pantallas siguientes; desactivar notificaciones: Esto no es más que ruido que va a distraerte de prestar atención a lo que estás haciendo; dar de baja las redes sociales y/o servicios que te alteran emocionalmente; salir o silenciar grupos que constantemente hacen que vibre el celular y no son especiales; no tener el celular en la mesa a la hora de comer… En conclusión, ser uno mismo quien toma ese control, porque de lo contrario, otros lo tomarán por vos.
Esto no es una crítica a los Smartphones, tampoco a las redes sociales, sino al uso que, como sociedad, en ocasiones le damos.

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